Mi nombre es Mayo Dickens. Soy una mujer de 37 años sin hijos, sin marido y sin novio (lo que no significa que sea fea). A veces, de vez en cuando, tengo amantes, mujeres y hombres. No tengo mucho que ver con el señor Dickens, Charles John Huffam Dickens, tan solo que los dos nacimos el mismo día, el 7 de febrero, que los dos tenemos padre inglés y que a ambos nos gusta leer. Por lo demás, por mucho que haya pretendido buscar en mis antepasados cualquier atisbo de conexión genética con el escritor de OLIVER TWIST, para justificar mis inclinaciones, ha sido imposible encontrarla. Reconozco que estos pájaros que silban por mi cabeza se deben, en parte, a las influencias de mi madre española. Imagino que ella ha estado toda su vida sintiéndose parte de la burguesía acomodada madrileña, curiosamente sin serlo. Claro que casada con mi padre, un ingeniero ambiental, que se codeaba con los ingenieros que discutían en las sobremesas sobre cómo cambiar el sistema energético para que todos viviéramos un poco mejor, le hizo creer que ella era parte de la élite de un país en decadencia. Según me cuenta un día cenó en la misma mesa que la mujer de Franco, dato, sinceramente, totalmente banal y superfluo, simple cotilleo de vaudeville. Luego mi padre se cansó de la pretendida burguesita española y le confesó, cuando yo tenía 3 años, que me adoraba, pero que él no podía seguir viviendo en una España caduca y servil, aburrida, donde era difícil crecer si no comulgabas con el régimen o tenías apellido de acceso. Mi madre sin mediar palabra empezó a hacer las maletas pero antes de que las llenara con sus vestidos, joyas y sombreros de plumas, mi padre le dijo que él se iba solo. Mi madre no comprendía parte de esa frase. Se preguntaba qué sería de mí, tan pequeña, tan... tan... No supo qué decir. Mi padre la interrumpió para explicarle, pues sabía que de ese tan... suyo, no saldría nada bueno, que a mí nunca me faltaría de nada. Pero que ni a ella ni a sus maletas se las llevaría a ningún sitio. Él incluso haría el esfuerzo de venir a verme de vez en cuando; Londres, a fin de cuentas, está a la vuelta de la esquina. Y este, en resumidas cuentas, es mi background. No tengo más hermanos, ninguno de los dos decidió repetir. Hoy mi padre vive en Nueva York con una mujer mayor que él, también ingeniera, después de probar con unas cuantas secretarias de ojos luminosos. Hablo por teléfono con él dos veces al año. Mi madre se murió hace tres años de un cáncer de hígado, aunque curiosamente nunca le gustó el alcohol. Son cosas que pasan. Mi luto terminó hace un año aproximadamente. No es que la eche muchísimo de menos, pues no hablábamos demasiado, pero sí me gustaba escuchar la cantidad de incongruencias que era capaz de argumentar para justificar lo digna y burguesa que era, que insisto, no lo era en absoluto. Sí es cierto que tenía una forma de vida un tanto atípica: vivía del dinero que le daba mi padre -nunca dejó de pagarle una cuota mensual, ni siquiera después de que yo cumpliera 18 años- y de asesorar a sus amigas ricas sobre qué debían comprarse, cómo y dónde. Mi padre imagino que se sentía culpable, aunque nunca se lo he preguntado; es bastante parco en palabras.
Yo estudié publicidad en la Universidad Complutense de Madrid, pero nunca ejercí como publicista. Trabajo en el centro de Madrid, pero no diré donde, porque creo que ya es desnudarme demasiado. Sí un dato importante: desde mi casa al centro tardo en llegar, en metro, 45 minutos, tiempo que, la mayoría de los días, dedico a leer. Siempre me gustó leer, como a Dickens y como a mi padre. Y siempre me gustó observar qué leen los demás. ¿Les suena ese tipo de visitante que entra en una casa por primera vez y se tira un rato mirando las estanterías para ver qué lee el dueño del lugar, para entender quién es ese que domina el territorio en el que está? Pues esa soy yo. Llego a una casa y me gusta mirar las estanterías para ver qué libros hay, para ver qué libros desconozco y podría leer, para romper la frialdad del principio de una conversación. ¿Así que te gusta el prolífico Italo Calvino? Y la persona responde: no, si ni los he leído. Cuando mi novia me dejó también se dejó los libros, y no he tenido ánimo para tirarlos. Me da pena. Ya, ni para leerlos, le digo. Bueno, algún día los leeré.
Siempre me gustó hablar con los demás para ver qué pensaban sobre los libros, los escritores, el papel, los editores, el mercado editorial, y cuando más hablaba sobre esto, con personas que no tenían relación con el gremio editorial, me daba cuenta de qué poco sabían, y que yo tampoco sabía demasiado. Así que después de visitar muchas casas de amigos, familiares, conocidos e incluso desconocidos, después de observar con detenimiento sus estanterías de libros, en caso de haberlas, y de hablar con ellos sobre esos objetos por los que tanto cariño he sentido siempre, me he dado cuenta de que hacía falta un trabajo como este: un blog sobre una lectora neutra, un trabajo independiente, no partidista, sin empresas de por medio, donde se hable de literatura, de los escritores y de los libros; de las editoriales y de los grupos que las conforman y a quien pertenecen. No es que esto le vaya a aportar mucho al lector, pero lo suficiente como para ser crítico con lo que lee, con aquello que llega a sus manos. Que no se deje convencer por la publicidad del mercado, las estrategias del marketing, la publicidad viral... Sino que sean críticos y que compren aquello que realmente quieran leer, no algo que les hagan creer que quieren leer.
En este espacio trataré sobre los libros que voy leyendo, y pocas cosas más de mi vida privada, que creo totalmente secundarias, excepto una presentación que se precie para que conozcáis mi perfil. No soy una lectora que lea un libro a diario, ni rápida, a veces incluso tardo meses en terminar un libro, o leo varios a la vez, incluso algunas otras he tenido que volver a empezar a leer un libro puesto que había olvidado de qué iba. Así que como veis ni tengo gran memoria, ni soy apasionadamente rápida, ni una devoradora de libros. Por eso muchas veces leo subrayando cosas que me gustan, que me resultan fascinantes: grandes frases dentro de los libros, ideas, imágenes... Eso es especialmente lo que quiero compartir. Algunos grandes fragmentos de libros que por arte de magia, regalos o por sugerencias llegan a mis manos. No trabajo para ningún medio de comunicación ni poseo ningún tipo de interés objetivo para que compren los libros de los que hablo, ni quiero hacer reseñas de ellos, pues para eso ya están las páginas de los medios culturales, periódicos, revistas, blogs literarios y otros. No. Simplemente decido elegir a los escritores con los que quiero pasar los ratos de mi vida. Ya sabemos que no es demasiado larga, aunque en algunos momentos nos resulte eterna. Es tal el amor que siento hacia ellos y ellas en algunos momentos de esos ratos que estamos juntos, que quiero compartir parte de esas lecturas y momentos de amor con aquellos que queráis compartirla conmigo. Solo espero que algunos fragmentos de los libros que leo con fruición, subrayo y comparto os aporten algo, y que alguno de esos libros llegue también a vuestras manos y podamos, con un café sobre la mesa (sin tabaco, que ya no dejan fumar en los sitios públicos) hablar con cariño de ellos.
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